De día es de la gente, de noche es de Dios. Se llamaba Domingo
Homilia sobre Santo Domingo de Guzmán. Fuente tomada de: Domingo de Guzmán Evangelio Viviente de Felicisimo Martinez Diez O.P.
Hermanos, imaginemos a un hombre caminando por Europa hace ochocientos años, con el polvo pegado a las sandalias, hablando con todo el que se cruza: el compañero de viaje, el posadero, un enfermo o un obispo. De día es de la gente; de noche es de Dios. Se llamaba Domingo.
Solemos pensar: ¿qué hay que escoger entre rezar o servir? Domingo nos enseña que esa pregunta está mal planteada. En él, la experiencia de Dios y el anuncio del Evangelio nacieron, crecieron y maduraron juntos. Su vida muestra que la oración no lo alejaba de las personas, sino que lo llevaba a encontrarse con ellas y a compartirles aquello que había descubierto en su relación con Dios.
Domingo no entendió la predicación solamente como hablar de la fe, sino como una forma de vivir y de responder a las necesidades de su tiempo. Por eso, su camino estuvo marcado por la oración, el estudio, la vida fraterna y el deseo de llevar la verdad del Evangelio a los demás.
Miremos tres momentos de su vocación que nos pueden ayudar también a preguntarnos por nuestra propia vida: primero, la llamada que llega por el rostro de la gente; segundo, Cristo como aquello que sostiene su camino; y tercero, el envío de la Iglesia para anunciar la Palabra:
Primer momento, la llamada llega por el rostro de la gente: Domingo no inventó su vocación encerrado en su intimidad. Dios lo llamó a través de la gente, como a Moisés: «He visto la aflicción de mi pueblo… ahora ve, yo te envío» (Éx 3, 7-10). Desde niño le dolió la pobreza de tanta gente sencilla, y en el sur de Francia, al ver a tantos engañados, se le llenó el corazón de compasión. Vio, y no supo mirar para otro lado.
¿Por dónde nos llama Dios hoy? Muchas veces esperamos una voz extraordinaria, y Dios nos habla por el rostro del que sufre y del que nunca ha oído una buena noticia.
Segundo momento, lo que lo sostiene es Cristo: la compasión sola se cansa. Lo que hizo de Domingo un apóstol fue el mandato de Jesús: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia» (Mc 16, 15), que hacía suyo en el silencio, contemplando al Crucificado. Sus primeros biógrafos cuentan que llevaba consigo el Evangelio de Mateo y las cartas de Pablo, y lloraba por los pecadores preguntándose: ¿Qué será de los pobres pecadores? en Palencia, durante un tiempo de necesidad, llegó a desprenderse de sus libros, que eran muy valiosos para él, para ayudar a los pobres. En ese gesto caben sus dos fidelidades: a Cristo y a los hombres que sufren.
Tercer momento: enviado por la Iglesia para anunciar la Palabra: Domingo tampoco predicó por su cuenta. Buscaba el respaldo de los obispos y del Papa, porque sabía que el mandato de Cristo se vive dentro de la comunidad de la Iglesia. Sus biógrafos cuentan que, mientras oraba en Roma, tuvo una experiencia en la que san Pedro le entregaba un báculo y san Pablo un libro, como signo de la misión de anunciar el Evangelio. Esta experiencia refleja muy bien lo que Domingo entendía por predicación: no era simplemente hablar de Dios, sino asumir una misión recibida y llevar la Palabra a los demás. Para Domingo, predicar no era una actividad más, sino una manera concreta de vivir como discípulo de Cristo.
De día con la gente, de noche con Dios: no eran dos vidas, era una sola. Domingo nos deja tres preguntas: ¿escuchamos el clamor de quienes Dios pone en nuestro camino?, ¿nos sostiene la oración?, ¿nos dejamos enviar con humildad dentro de la comunidad? Pidamos, por intercesión de santo Domingo, un corazón que vea, una oración que sostenga y unos labios dispuestos a anunciar con la vida y con la palabra a Jesús.
