El perfil espiritual y evangélico de Santo Domingo de Guzmán
Homilia sobre el perfil espiritual y evangélico de Santo Domingo de Guzmán. Fuente tomada de: Domingo de Guzmán Evangelio Viviente de Felicisimo Martinez Diez O.P.
Hermanos
Cuando pensamos en santo Domingo, la primera imagen que nos viene es la de un hombre afable, jovial y amigo de todos. Sin embargo, quienes escribieron sobre él lo muestran también como un hombre austero, que vivió con una radicalidad. Contemplaremos cuatro rasgos de su perfil evangélico: fue asceta y penitente por la causa del Evangelio, humilde por el espíritu evangélico, virgen de cuerpo y de espíritu, y, por encima de todo, un hombre de caridad.
Asceta y penitente por la causa del Evangelio
Sus biógrafos cuentan que comía con gran sencillez, que ayunaba casi de manera continua y que en Cuaresma se contentaba con pan y agua. Vestía una túnica y una capa pobre, viajaba descalzo y no aceptaba abrigo aunque hiciera frío. Dormía poco y no usaba cama; descansaba en el suelo, sobre una estera, o junto al altar. Pasaba las noches en vigilia y oración, y hacia el final de su vida añadió disciplinas con cadenas de hierro y un cilicio.
La ascesis de Domingo no es desprecio del cuerpo. Es lucha espiritual por dominar los instintos, y en ella el espíritu se impone al cuerpo. Por eso no tiene nada que ver con quienes rechazan la materia; Domingo valora la encarnación y el cuerpo, y su ascesis es realista y equilibrada, con un ideal de alegría y serenidad.
Su penitencia tiene además una finalidad apostólica. Sus fatigas, burlas, peligros e insultos son parte de su ministerio, y por eso desea el martirio, aunque no lo alcance. Su austeridad es también una respuesta a quienes impresionaban con una pobreza y una penitencia aparentes: había que dar un testimonio equivalente. Y lo hace por caridad hacia ellos, no por rigidez. Su penitencia se hace oración, lágrimas e intercesión por los pecadores. Es, en definitiva, imitación de Cristo paciente, con sentido redentor, en unión con su sufrimiento. Ese es el hilo que une la penitencia con la vocación apostólica.
Nos preguntamos entonces: ¿qué estamos dispuestos a ofrecer nosotros por la causa del Evangelio? No se trata de imitar cadenas ni cilicios, sino de preguntarnos si sabemos renunciar a algo, con alegría y con sentido, para que el Evangelio llegue a otros.
Humilde por el espíritu evangélico
La humildad se ha malentendido muchas veces como inferioridad, pasividad o complejo. La humildad cristiana es otra cosa: una virtud basada en el conocimiento de uno mismo y de Dios, que nos pone en la verdad. Y existe también su falsificación, la falsa humildad, que aparenta ser humilde para ser admirado.
La humildad de Domingo no es psicológica; es evangélica, inspirada en Cristo manso y humilde. Se nota en cómo trata a los demás y en que nunca usa el poder como pedestal. Rehúye cargos y honores. Se le ofrecen obispados, como los de Béziers y Conserans, y los rechaza. Su relación con la autoridad es de servicio: como superior es firme, pero sin dominio. Y no por ello renuncia a su misión, sino que la vive con verdad.
Esa humildad se prueba ante el éxito, la fama y los milagros. Domingo oculta los prodigios, busca pasar inadvertido en los viajes y rechaza el triunfalismo y las distinciones. Hay en él coherencia entre lo exterior y lo interior, y su humildad es sincera lo mismo en el fracaso que en el éxito y las contrariedades. Es cercano y transparente con todos, y no teme confesar sus debilidades. Ese es un modelo evangélico para nosotros, a quienes tantas veces nos tienta la vanagloria.
Virgen de cuerpo y de espíritu
Hablar hoy de virginidad no es fácil, porque suele cuestionarse. Pero fijémonos en cómo la vivió Domingo. No la vivió desde el desprecio del cuerpo y de la sexualidad, ni desde la banalización. Su virginidad es libre y positiva, orientada a la causa apostólica y al amor universal, y sin desprecio del matrimonio. Sus contemporáneos atestiguan su integridad hasta la muerte, y él mismo confiesa que la conservó por misericordia divina. También ahí Domingo se reconoce dependiente de Dios.
Y se nota en su modo de ser. Su virginidad se expresa en madurez humana, en afabilidad y en un trato transparente con mujeres y con hombres. No es represión ni miedo, y su relación con las monjas y con las mujeres está libre de toda morbosidad. Cuando el celibato no integra el afecto, puede degenerar en neurosis o dureza. En Domingo ocurre lo contrario: su virginidad va unida a la amistad, la ternura y el equilibrio, y lo abre a la comunión con los hermanos.
Y por encima de todo, la caridad
Llegamos al núcleo de su perfil evangélico. La caridad, junto con la humildad y la pobreza, es lo que Domingo deja como testamento a sus frailes. Esa caridad nace desde la infancia, en el ejemplo de sus padres, con gestos concretos hacia los pobres. Y crece en su entrega al Crucificado: la cruz es la fuente de su caridad, y de la contemplación del Cristo que sufre brota su compasión. Su escuela de sabiduría es el amor; el libro de la caridad le enseña más que el estudio.
La compasión es "sentir con" el otro, hacerse cargo de su situación sin egoísmo. Hoy se la devalúa, porque quien compadece parece inferior. Domingo la vive al contrario, como identificación con el necesitado, siguiendo a Cristo y a Pablo. Es la esencia de su ministerio: compasión con los pobres, los enfermos y los pecadores. El gesto emblemático es la venta de sus libros en Palencia para socorrer a los hambrientos.
Su caridad se dirige de modo preferente a los herejes, a quienes ve como víctimas del error, y a los cautivos. Se traduce en acompañamiento, en ayuda material a los conversos y en la fundación de comunidades para acogerlos. Con los pecadores ora con lágrimas, y sus milagros brotan de esa compasión, no del afán de prodigios. Y se ve también en lo cotidiano, en la convivencia con los hermanos: trato cálido y delicado, capacidad de consolar. Era el consolador de la comunidad. Su camino de caridad culmina en el ansia de martirio, que expresa el amor supremo: el deseo de dar la vida por los amigos.
Conclusión
Hermanos, estos cuatro rasgos no son piezas sueltas. La ascesis, la humildad y la virginidad están al servicio de la caridad, y sin ella no tendrían sentido. Domingo se priva para poder darse, se hace pequeño para poder servir, y ama con un corazón libre para poder abrazar a todos. Por eso, "por encima de todo, la caridad".
Pidamos hoy, por su intercesión, un corazón como el suyo: austero por el Evangelio, humilde y verdadero, libre y transparente en el afecto, y sobre todo compasivo, capaz de sentir con los demás y de entregarse por ellos. Amén.
