Logo del Prenoviciado Santo Domingo de Guzmán
Escudo de la Provincia de San Luis Bertrán de Colombia
Publicaciones
Formación

Domingo de Guzmán: Antorcha ardiente de la predicación

Domingo de Guzmán: Antorcha ardiente de la predicación

Homilia sobre Santo Domingo de Guzmán. Fuente tomada de: Domingo de Guzmán Evangelio Viviente de Felicisimo Martinez Diez O.P.

Hermanos y hermanas

Hay una imagen que la tradición dominicana ha guardado con especial cariño y es la que hoy voy a compartir con ustedes. Antes de que Santo Domingo naciera, su venerable madre, Juana de Aza, soñó que llevaba en su vientre un cachorro que sostenía en la boca una antorcha encendida, y que con ella incendiaría el mundo entero. Esa antorcha no era otra cosa que la Palabra de Dios. Y ese fuego, hermanos, es el fuego de la predicación, apagado por muchos años dentro de la Iglesia, y vuelto a encender por la vida y la visión de un santo que renovó la predicación apostólica

I. La antorcha de la predicación no irradiaba fuego

Para entender la grandeza de la visión de Domingo, primero hay que comprender las dificultades en que vivió. La Iglesia medieval atravesaba una crisis profunda, y su raíz, como bien lo identificó Santo Domingo, estaba en el abandono de la predicación. La Palabra se había reservado solo para los obispos, y muy pocos de ellos estaban viviendo de verdad dicho ministerio. Estaban más bien ocupados en sus empresas seculares y en la administración de otros oficios que en su responsabilidad pastoral de nutrir al pueblo de Dios con el pan de la Palabra.

El resultado de este abandono espiritual se reflejó en un clero sin una adecuada formación académica, con una vida que no reflejaba el Evangelio ni el mandato de la pobreza; el pueblo estaba sumido en la ignorancia moral y doctrinal. En aquel tiempo el mayor motor evangelizador eran los monasterios, los cuales sí vivían una vida ejemplar pero que por su mismo estilo de vida no tenían un contacto cercano con las demás personas, sin salir al encuentro itinerante hacia la gente. Mientras tanto, la herejía se iba apoderando de todos los sectores sociales. ¿Por qué? La respuesta es que ellos sí tenían un fuerte anhelo por la predicación que aunque errada, estaba tomando fuerza incluso dentro del pueblo de Dios. Y cuando la Iglesia no supo responder con la predicación, respondió con la excomunión a toda forma de pensamiento distinto. La Iglesia prefirió condenar antes que anunciar; castigar antes que evangelizar. No obstante, cada vez más personas se iban dando cuenta de que en la Iglesia tenían que cambiar muchos paradigmas que no estaban respondiendo a los signos de los tiempos.

El episcopado de aquella época estaba tentado a la administración de bienes materiales en lugar de anunciar la Buena Noticia del Reino de los Cielos; las comunidades cristianas que se alejaban no lo hacían por falta de fe, sino porque nadie les predicaba con una vida creíble, pobre y evangélica.

II. La visión: recuperar la auténtica evangelización

Frente a este panorama, aparece Santo Domingo de Guzmán, con su búsqueda de la renovación de la Iglesia. Iluminado por la luz divina, estaba decidido a emprender un camino de transformación, que comenzaría desde dentro del seno de la Iglesia. Para ello, tuvo como inspiración el libro de los Hechos de los Apóstoles que en todos los tiempos ha sido fuente de inspiración para el modelo del cambio: una vida apostólica que une comunidad, oración y anuncio de la Palabra; una predicación que no es solo desde el púlpito, sino más bien interior: purificación del corazón, conversión, celebración de la fe.

Domingo comprende algo esencial: la salvación de la humanidad pasa por la predicación. No hay renovación de la Iglesia sin renovación de la predicación. Y decide, con una audacia que sorprende a su siglo, dedicar su vida enteramente al servicio del anuncio del Reino de Dios, y poner a toda una Orden naciente al servicio de la Iglesia con esa misma finalidad. Ya no serán solo los obispos los llamados a predicar: será toda una fraternidad de hombres pobres, itinerantes, formados, que recorrerán los caminos de Europa, y que, con la antorcha de la Palabra volverán a llenar de luz la faz de la tierra.

III. La aprobación: un sueño que la Iglesia celebra

Domingo comienza su proyecto de fundar la Orden, que aunque se encontraba llena de obstáculos, estaba siempre apoyada por la gracia divina. Esto se debía a que, en su tiempo, la Iglesia había optado con el IV Concilio de Letrán por limitar la creación de órdenes que estaban llevando la cristiandad a un estado de anarquía. En ese tiempo, la providencia dispone la muerte de Inocencio III, un Papa que apoyaba el proyecto de Santo Domingo. En su reemplazo aparece Honorio III, que no solo apoya la fundación de la Orden sino que llama a sus hijos “atletas de la fe y lumbreras del mundo”. Ahora, lo que parecía una novedad peligrosa, se convierte en la puerta de salvación del catolicismo. Domingo es recibido por el Obispo Fulco, un santo varón que cree en su proyecto y lo admite dentro de su diócesis para predicar junto con los primeros frailes. Desde ese momento, los frutos de fe empiezan a germinar: multitudes de personas se acercan de nuevo a la Iglesia, nacen misiones para Francia y Tierra Santa; los nuevos hijos de Domingo desean aprender nuevos idiomas para ir al mundo entero. La Orden inaugura sus primeros capítulos, nace el Libro de las Costumbres y muchas personas buscan con ansia ingresar a la Orden motivados por el celo apostólico. ¡La predicación resurge dentro de la Iglesia! Ahora ya no es algo exclusivo de los obispos; los nuevos predicadores de la gracia proclaman por todos lados el kerigma positivo de Jesucristo. Este, hermanos, fue el nacimiento de la Orden dominicana.

La historia no termina aquí. Con los comienzos de la Orden habita un llamado para todos nosotros, que, por el bautismo, hemos recibido esa misma antorcha del deber de anunciar el Reino de Dios a todas las criaturas. La pregunta que la vida de Domingo nos lanza es simple pero fuerte: ¿estamos dispuestos, como él, a que nuestra vida entera predique el Evangelio? Domingo no formó predicadores elocuentes; formó hombres pobres, que vivían lo que anunciaban. Su predicación tenía autoridad porque estaba respaldada por una vida evangélica, algo que escaseaba en los predicadores de su tiempo.

Que el Señor nos conceda, como a Domingo, ese mismo fuego: Que también nosotros seamos, cada uno desde su lugar, ese cachorro que lleva en la boca la antorcha de la verdad, dispuesto a incendiar de amor y de Palabra el mundo y la época que nos ha tocado vivir.