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La forma en la que un Dominico debe vivir en el siglo XXI a la luz de la historia de Domingo

La forma en la que un Dominico debe vivir en el siglo XXI a la luz de la historia de Domingo

Homilia sobre Santo Domingo de Guzmán. Fuente tomada de: Domingo de Guzmán Evangelio Viviente de Felicisimo Martinez Diez O.P.

Queridos hermanos, quiero que nos detengamos hoy en algo que se dice fácil y se vive difícil: Domingo de Guzmán no miró hacia otro lado. Domingo fue un hombre atento a las circunstancias históricas y culturales que vivían la sociedad y la Iglesia de su siglo. No huyó de su época. La miró de frente, con sensibilidad humana y con caridad cristiana, y esa mirada le fue configurando la personalidad, hasta hacerlo sensible a los problemas concretos de los hombres y mujeres que tenía delante.

Y aquí está lo primero que quiero que nos quede: esa sensibilidad no nació de la estrategia ni del análisis. Nació del silencio. En el silencio, la oración y la contemplación, Domingo encuentra la caridad, porque sabe que hay un estrato más profundo en la vida del hombre y de la comunidad: el estrato del encuentro con Dios. Domingo es cercano a Cristo en la contemplación, Jesús salvador, misterio de la redención, y es desde ese centro, desde ese amor contemplado, que comprende el don de la salvación. No se puede amar a los hombres sin haber contemplado antes a Cristo. Y no se puede contemplar de verdad a Cristo sin que esa contemplación empuje hacia los hombres. Ahí está ya, en germen, todo lo que Domingo será.

Porque Domingo descubre algo doloroso: que el desconocimiento de los hombres, su ignorancia de Dios, viene, en buena parte, de la falta de predicación. Y ese descubrimiento se convierte en el núcleo de su idea fundacional: buscar la salvación de las almas. No fue el único problema que vio. Vio también el deterioro moral, la Iglesia demasiado cerca del poder político, el abandono de la predicación, la desviación de sus formas y de sus métodos. Vio que los herejes, con su vida austera, resultaban más coherentes que muchos predicadores de la Iglesia. Y en lugar de responder con gritos, con condena, con más ruido, Domingo aprende, desde la caridad y desde el amor a la Iglesia, que la predicación tiene que hacerse más humana, más sensible. Predicar no es gritar al cielo. Es amar lo suficiente como para hacerse entender.

Por eso el carisma que Domingo funda no es una estrategia de comunicación. Es una forma entera de vivir, sostenida en cuatro pilares que no funcionan por separado. Está la oración, la vida contemplativa que le permite compadecerse del otro, hasta el punto de entrar a rezar los oficios corales de los monasterios que encontraba en sus caminos. Está el estudio, valorado no por sí mismo, sino en función de la vocación: la lectio divina, las collationes, y también la disputatio, como forma dominicana de intensificar la meditación y la contemplación de la verdad. Está la vida común, siguiendo la Regla de San Agustín, compartiendo decisiones, bienes y trabajos, en una pobreza vivida en comunidad. Y está, finalmente, la predicación misma, que sin los tres pilares anteriores se queda vacía. Es una claridad que no admite atajos: la preparación doctrinal y el calibre espiritual del predicador no bastan para que el anuncio del Reino tenga éxito. Falta un elemento más: la vida apostólica como ejemplo. Se predica con la boca lo que se ha vivido con el cuerpo, o no se predica de verdad.

Y todo esto, ¿para qué? El objetivo de la obra de Domingo es la salvación de las almas. Pero tenemos que entender bien qué significa esto, porque se presta a confusiones. No es un ideal platónico, una salvación solo espiritual que se despreocupa del cuerpo y de la historia. Es la liberación del hombre entero, porque la contemplación de la Encarnación le ha enseñado a Domingo que lo humano y lo divino van juntos. Y hay algo más que debemos escuchar con humildad: nadie salva a nadie. Solo Dios ofrece gratuitamente la salvación, y está dispuesto a salvar a todo el que la acoja con fe agradecida. La Iglesia, y en ella, la predicación, no es la fuente de la salvación, es su ministro: sirve a los hombres el misterio de la salvación mediante el anuncio del Evangelio, con la palabra y con el ejemplo, y mediante la actualización de esa salvación en la celebración sacramental. Por eso la predicación es instrumento, no fin. Y por eso esa salvación, que arranca del amor y la misericordia de Dios, no se queda en las alturas: germina en lo hondo del ser humano y penetra en las situaciones concretas de la historia de cada hombre.

Y entonces, hermanos, la pregunta nos alcanza a nosotros: ¿qué significa ser dominico en el siglo XXI a la luz de esta historia? Significa, primero, no mirar hacia otro lado. Como Domingo, estar atentos a las circunstancias de nuestro tiempo, a sus propias formas de deterioro moral, a sus propias cercanías peligrosas con el poder, a sus propias maneras de abandonar o desfigurar el anuncio del Evangelio. Significa reconocer también hoy nuestras propias herejías: todas las coherencias falsas que seducen porque son más visibles que la nuestra, y preguntarnos con honestidad si nuestra vida predica tanto como nuestras palabras.

Significa, además, no separar lo que Domingo nunca separó. No se puede vivir de estudio sin oración, ni de oración sin comunidad, ni de comunidad sin salir a anunciar. Un dominico que solo estudia se vuelve frío; uno que solo ora sin compadecerse se vuelve ajeno; uno que predica sin haber contemplado antes se vuelve ruido. El carisma no es una lista de tareas: es un solo movimiento, del silencio a la palabra, de la contemplación a la compasión, de la Encarnación de Cristo a la salvación integral del hombre concreto que hoy tenemos delante.

Y significa, sobre todo, recordar lo que Domingo nunca olvidó: que la salvación no la damos nosotros. La ofrecemos, la anunciamos, la servimos con la palabra y con el ejemplo; pero es un don gratuito de Dios, que germina en el hombre y penetra su historia. Nuestra tarea, como la de Domingo, es no estorbar ese don con vidas incoherentes, y no escatimarlo con silencios cómodos. Que nuestra oración nos vuelva sensibles, que nuestro estudio nos vuelva humildes, que nuestra vida común nos vuelva creíbles, y que nuestra predicación, nacida de todo eso, ayude a que ningún hombre de nuestro tiempo se pierda por ignorancia de Dios. Amén.