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Perfil espiritual y evangélico de Domingo

Perfil espiritual y evangélico de Domingo

Homilia sobre Santo Domingo de Guzmán. Fuente tomada de: Domingo de Guzmán Evangelio Viviente de Felicisimo Martinez Diez O.P.

Cuando pensamos en Santo Domingo, muchas veces pensamos en un gran predicador, en el fundador de la Orden o en alguien que dedicó toda su vida a anunciar a Jesús. Pero hoy podemos mirar algo más sencillo: ¿qué había en el corazón de Domingo que lo llevó a vivir de esa manera?

Vamos a hablar de tres cosas importantes: la compasión, la oración y la pobreza.

En primer lugar, tenemos la compasión. Domingo veía a las personas que sufrían y no podía quedarse de brazos cruzados. En especial, veía a los pobres, a los esclavos y a las personas alejadas de Dios; todo esto llegaba a su corazón, y es algo importante que podemos encontrar para nuestra propia vida. Seguir a Jesús no significa solamente rezar o hablar de Él. También significa aprender a mirar al que sufre y no seguir de largo. Porque cuando uno realmente empieza a acercarse a Dios, también empieza a preocuparse por los demás.

Lo segundo sería la oración. Santo Domingo tenía una relación muy cercana con Dios. Se dice que “hablaba siempre con Dios y de Dios”. No solamente rezaba cuando estaba en la iglesia; también lo hacía mientras caminaba, viajaba, estudiaba o estaba con sus hermanos. Y esto nos deja algo muy sencillo y es que la oración no puede estar separada de nuestra vida. Domingo no oraba por un lado y vivía por otro. Su oración iba transformando su manera de mirar y de actuar. Primero estaba con Dios y después salía a hablar de Dios; y de esta misma forma debe pasar con nuestra oración, lo que recibimos de Dios debe reflejarse en nuestra manera de vivir y de tratar a los demás.

Finalmente, está la pobreza radical. Domingo fue dejando aquellas cosas que para muchos nos dan seguridad: el dinero, las comodidades, los bienes y hasta sus propios libros, que para él eran algo muy valioso. Pero su pobreza no consistía simplemente en tener menos. Domingo entendió que también se podía predicar con la propia vida. Especialmente en el tiempo en el que muchas personas veían una Iglesia rodeada de riquezas y comodidades. Esto hacía que algunos cuestionaran la vida de la Iglesia y que las herejías encontraran fuerza y seguidores. Frente a esta realidad, Domingo decidió mostrar, con su propia vida, una forma diferente de seguir a Jesús.

Vivió de manera sencilla, caminó de un lugar a otro y muchas veces dependió de la ayuda de los demás. No necesitaba grandes riquezas para anunciar el Evangelio. Su manera de vivir también era una forma de predicar. Y aquí está quizá lo más importante para nosotros: no solamente anunciamos a Jesús con lo que decimos, sino también con la manera en que vivimos. Podemos hablar mucho de Dios, pero nuestras acciones también dicen quién es Dios para nosotros.

Por eso, al recordar a Santo Domingo, podemos quedarnos con estos tres puntos claves: La compasión, para no ser indiferentes ante quien sufre. La oración, para mantenernos cerca de Dios. Y la pobreza, para vivir con sencillez y entender que nuestra propia vida también puede anunciar el Evangelio.

Que al terminar esta reflexión no pensemos solamente en lo que hizo Santo Domingo, sino como podemos comenzar a vivir nosotros, para que también con nuestra vida, podamos acercar a otros a Jesús.

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