Homilia del 32.º Domingo del Tiempo Ordinario
La oscuridad no se vence con grandes discursos, sino con millones de pequeñas lámparas encendidas por el amor. Una madre que sigue cuidando, un vecino que tiende la mano, un joven que decide perdonar. Cada gesto cuenta y ninguno se pierde.
Hay noches en que la espera se hace larga. Esperamos una noticia, una sanación, una reconciliación, una respuesta de Dios que parece no llegar. La parábola de las diez jóvenes con sus lámparas nos sitúa justo ahí, en la hora en que todo calla y el cansancio vence a los ojos. Y lo primero que sorprende es que las diez se duermen, las prudentes y las necias. Jesús no nos pide una vigilia sin descanso, porque conoce nuestra fragilidad. Velar no es solo mantener los ojos abiertos: es estar preparados.
Pero ese silencio de la noche no es ausencia, sino presencia sugerente. Hay silencios que nos llevan a encontrar, en la intimidad del corazón, respuestas, caminos y luces frente a las sombras que nos rodean. Vivimos entre palabras, estímulos y afanes, y el ruido de fuera termina ocupando también nuestro interior, hasta que no queda tiempo para escucharnos ni para encontrarnos con Dios. Orar es aprender a acallar las voces que aturden y desorientan para escuchar la voz firme del Señor y abrirle espacio en la vida. Ahí, en lo escondido, descubrimos lo esencial.
La diferencia entre las jóvenes no estaba en la valentía ni en el tamaño de la lámpara, sino en el aceite. La lámpara es nuestra fe, la luz que ilumina los días oscuros. El aceite es el amor concreto que la alimenta: la visita al enfermo, el pan compartido, la palabra que consuela, el perdón dado a tiempo, el servicio que nadie aplaude. Una fe sin obras de amor es una llama frágil que se apaga cuando más la necesitamos, y un amor sin raíz en la fe pierde su rumbo. La fe inspira la caridad, y la caridad custodia la fe.
Cuando las necias piden aceite, las prudentes no pueden dárselo. Suena duro, pero encierra una verdad: hay cosas que nadie puede vivir por nosotros. Nadie ama, cree ni reza en nuestro lugar. El aceite no se improvisa a medianoche; se va guardando en lo pequeño y en lo callado, cada vez que elegimos al otro antes que nuestra comodidad. Por eso el silencio auténtico no nos encierra en nosotros mismos ni nos aleja de los demás: nos ayuda a mirar con más hondura, a vivir con más libertad de espíritu y a amar con un corazón más atento. Menos palabras y más escucha; menos buenas intenciones y más acciones comprometidas; menos afanes y más tiempo para lo verdaderamente fundamental.
La parábola nos pregunta, de forma sencilla e inquietante: si hoy fuera mi último día, ¿cómo me encontraría? No para asustarnos, sino para despertarnos. Quien vive buscando solo lo que le conviene se queda sin reservas; quien se acostumbró a servir puede esperar en paz, porque ni el sueño de la muerte lo asusta. La puerta que se cierra no es capricho de Dios, sino la seriedad del amor: el tiempo de amar es hoy.
En un mundo cansado, ruidoso y dividido, esta Palabra habla a toda la humanidad: la oscuridad no se vence con grandes discursos, sino con millones de pequeñas lámparas encendidas por el amor. Una madre que sigue cuidando, un vecino que tiende la mano, un joven que decide perdonar. Cada gesto cuenta y ninguno se pierde.
Pidámosle hoy al Señor que nos regale silencio para escucharlo, aceite para no apagarnos y, con la ayuda de la Virgen María, una fe cada vez más viva en el amor. Así, cuando llegue la hora del encuentro, no tendremos que salir corriendo a buscar luz: seremos nosotros mismos la lámpara encendida que da la bienvenida al Esposo.
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