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Eucaristía

Predicación del evangelio Mateo 22, 15-21

Predicación del evangelio Mateo 22, 15-21

Homilía del domingo 29 del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Hermanos, el Evangelio que acabamos de escuchar nos presenta a unos fariseos que buscan poner a prueba a Jesús. Le preguntan si es lícito pagar el impuesto al César, pero no lo hacen porque quieran aprender, sino porque quieren hacerlo caer.

Jesús, conociendo sus intenciones, les pide una moneda y les pregunta de quién es la imagen que aparece en ella. Ellos responden que es del César, y Jesús les dice: «Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».

Pero ¿qué significa esto para nosotros? Jesús no nos está diciendo que dividamos nuestra vida entre las cosas de Dios y las cosas del mundo. Nos invita, más bien, a vivir nuestra fe con sinceridad, a cumplir nuestras responsabilidades y a reconocer el lugar que Dios debe ocupar en nuestro corazón.

En primer lugar, Jesús nos invita a vivir en la verdad.

Los fariseos decían palabras bonitas, pero sus intenciones eran otras. Y eso también puede pasarnos a nosotros: podemos hablar de Dios, decir que tenemos fe, pero nuestras acciones no siempre reflejan lo que creemos.

Por eso, hoy vale la pena preguntarnos: ¿somos coherentes con nuestra fe? ¿Tratamos a los demás con el mismo amor del que hablamos? Porque nuestra fe no debe quedarse solamente en palabras, sino reflejarse en nuestra manera de vivir.

Como hijos de Dios, estamos llamados a vivir con coherencia, de manera que nuestra fe no se quede solamente en palabras, sino que se refleje en nuestras decisiones, en nuestras actitudes y en el trato que damos a los demás.

En segundo lugar, Jesús nos recuerda que nuestra fe debe reflejarse en nuestras responsabilidades y en el servicio a los demás.

Cuando Jesús dice que demos al César lo que es del César, nos recuerda que tenemos responsabilidades en la sociedad. Somos parte de una comunidad y estamos llamados a contribuir al bien común y a respetar a los demás. Pero nuestra fe no puede quedarse solamente en el cumplimiento de unas obligaciones. No basta con decir que creemos en Dios; también debemos preguntarnos cómo estamos viviendo ese amor que decimos tenerle.

Y aquí quisiera recordar la experiencia que vivimos la semana pasada durante nuestra misión en San Luis.

Tuvimos la oportunidad de salir al encuentro de las personas, visitar sus hogares, escuchar sus historias y encontrarnos con diferentes rostros y realidades. Fue una experiencia que nos permitió acercarnos a los demás y compartir con ellos la Palabra de Dios. Y creo que aquí hay algo muy importante: cuando salimos a una misión, no vamos solamente a llevar una palabra o a hablar de Dios. También vamos con un corazón dispuesto a escuchar, a aprender y a reconocer la presencia del Señor en la vida de las personas. Porque detrás de cada rostro hay una historia, una familia, unas preocupaciones, unas alegrías y, muchas veces, unas necesidades que no conocemos.

A veces podemos pensar que somos nosotros quienes vamos a llevarles algo a los demás, pero cuando nos detenemos a escuchar, cuando miramos sus rostros y nos acercamos con humildad, descubrimos que también tenemos mucho que aprender y recibir. La misión no consiste solamente en llevar la Palabra con nuestros labios, sino también en hacerla visible con nuestras actitudes. No basta con hablar del amor de Dios; debemos procurar que las personas puedan experimentar ese amor a través de nuestra cercanía, nuestra escucha, nuestra sencillez y nuestro servicio.

Pero también esta misión comienza desde casa, desde nuestra propia comunidad de prenoviciado. Antes de salir al encuentro de otras personas, estamos llamados a vivir el amor, la humildad y el servicio con nuestros propios hermanos. Porque no tendría mucho sentido salir a hablar del amor de Dios a otras familias si no somos capaces de vivir ese amor entre nosotros, en los pequeños detalles de cada día, en la manera como nos tratamos, nos escuchamos, nos ayudamos y comprendemos las diferencias de cada uno. La misión empieza cuando somos capaces de acercarnos al hermano, cuando dejamos de pensar solamente en nosotros mismos y aprendemos a reconocer que también en el rostro de quien comparte diariamente la vida con nosotros está presente el Señor.

Por eso, la experiencia de San Luis no debería quedarse solamente en el recuerdo de una semana. También puede convertirse en una invitación a preguntarnos cómo seguimos viviendo la misión en nuestra vida cotidiana, dentro de nuestra comunidad, con nuestras familias y con cada persona que encontramos en el camino.

En tercer lugar, debemos preguntarnos qué significa dar a Dios lo que es de Dios.

La moneda llevaba la imagen del César, pero nosotros hemos sido creados a imagen de Dios. Por eso, darle a Dios lo que es suyo significa ofrecerle nuestra vida, nuestro tiempo, nuestras capacidades y nuestros esfuerzos.

También significa reconocerlo en nuestros hermanos. Podemos participar en la Eucaristía, dedicar tiempo a la oración y rezar nuestras devociones, pero debemos preguntarnos: ¿cómo trato a quienes viven conmigo? ¿Tengo paciencia? ¿Sé escuchar? ¿Estoy dispuesto a servir sin esperar nada a cambio?

Esto tiene un sentido especial para nosotros, desde nuestro entorno y es que estamos llamados a buscar la verdad mediante la oración y el estudio, y a compartirla con los demás a través de la predicación y, sobre todo, del testimonio de nuestra vida.

Hermanos, la experiencia de San Luis nos recuerda que no basta con llevar la Palabra en los labios; también debemos llevarla en el corazón y hacerla visible con nuestras acciones.

Por eso, hoy el Evangelio nos deja una pregunta sencilla, pero profunda: ¿qué lugar ocupa Dios en nuestra vida?

No se trata de abandonar nuestras responsabilidades, sino de vivirlas con un corazón orientado hacia Él, procurando que nuestras palabras, decisiones y encuentros reflejen su amor. Pidámosle al Señor que nos ayude a vivir con sinceridad, a servir con humildad y a reconocer su presencia en cada persona que encontramos. Que no seamos solamente personas que hablan de Dios, sino personas que, con su vida, permitan que otros descubran su amor.

Porque dar a Dios lo que es de Dios es entregarle nuestra vida y hacer de ella un servicio para los demás. Amén.