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Santo Domingo de Guzman

Santo Domingo de Guzman

Homilia sobre Santo Domingo de Guzmán. Fuente tomada de: Domingo de Guzmán Evangelio Viviente de Felicisimo Martinez Diez O.P.

Hermanos: cuenta san Pablo que Cristo no lo envió a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y que lo hace no con sabiduría de palabras, sino dejando que la cruz misma hable. Es una distinción que parece pequeña y no lo es: una cosa es explicar una doctrina, y otra muy distinta es anunciar una vida. Domingo de Guzmán entendió esa diferencia mejor que casi nadie de su tiempo.

1 Domingo no predicó en el vacío. Su apostolado se ejerció en unas circunstancias muy concretas: ignorancia religiosa extendida, los estragos de una predicación hereje que convencía por su constancia, un paganismo hostil hacia los cristianos, y unos obispos que habían abandonado o descuidado la tarea de anunciar. En ese contexto un canónigo subprior se convirtió en fray Domingo.

Y lo hizo desde una convicción sencilla: la fe es el inicio de la salvación, pero la fe tiene mediaciones históricas concretas, y una de ellas es el anuncio de la Palabra. Por eso se decidió a ser evangelizador, al estilo de la comunidad de Jerusalén y de Pablo, centrando su predicación en la muerte y resurrección de Cristo. No inventó un método: recuperó uno.

2 La predicación de la Palabra fue el centro de su vida apostólica, por encima de cualquier otra tarea del ministerio. Renunció a todo cargo jerárquico; aceptó el de maestro sólo por necesidad, mientras la Orden empezaba a caminar. Y buscó siempre la autonomía para dedicarse a los paganos.

Su pobreza absoluta no fue sólo imitación de los apóstoles: fue libertad. Le permitía entregarse por entero a predicar, sin que nada lo distrajera. Y anteponía el anuncio a la administración de los sacramentos, porque éstos suponen la fe, y la fe nace del anuncio: la evangelización es siempre el primer paso hacia la comunidad cristiana.

3 Su tarea no eran sermones esporádicos: era constante, a tiempo y a destiempo. Predicaba en los caminos a sus compañeros de viaje, en las posadas a los anfitriones, en las iglesias y en las plazas, a estudiantes y campesinos, a magnates y prelados, a sus frailes y a sus monjas, a diario.

Era una predicación positiva, de anuncio, frente a la predicación negativa y de anatemas de los predicadores errantes y de los herejes de su tiempo. Y era profética y sin fronteras: predicaba a todos por igual, sin distinguir entre pecadores, herejes o paganos, porque la eficacia del mensaje no depende del predicador, aunque sí puede quedar invalidada por un estilo de vida antievangélico.

No se trataba de impartir una instrucción ni de transmitir teorías que en nada tocan la vida del hombre. Se trataba de introducir al oyente en una nueva sabiduría, en un nuevo modo de ser y de vivir. Domingo predicaba como testigo, no como un profesión al de la enseñanza religiosa: en su palabra se transparentaba su propia vida. Anunciaba lo que vivía.

4 Con la mirada fija en la comunidad apostólica de los orígenes, Domingo comprendió algo decisivo: la predicación necesita estar respaldada por un estilo de vida evangélico, y necesita también sustentarse en una comunidad. Esa doble necesidad fue la semilla de la Orden.

No renunció a su vocación apostólica para convertirse en fundador; su vocación simplemente pasó a través de la comunidad cristiana. Porque la comunidad no es un añadido organizativo: es la activación y actualización del misterio de salvación realizado en Cristo. Es allí donde se verifica lo que los apóstoles anuncian con su palabra. Así cerró Domingo el ciclo de su vocación: el hombre evangélico se hizo hombre apostólico, y el hombre apostólico, fundador de la Orden de Predicadores.

5 Hermanos, la pregunta que nos deja Domingo no es cuánto sabemos del Evangelio, sino cuánto lo vivimos antes de anunciarlo. Porque un mensaje puede quedar invalidado por una vida que lo contradice, y puede volverse creíble por una vida que lo transparenta.

No hace falta un púlpito para predicar como él: hace falta anunciar lo que se vive, a tiempo y a destiempo, sin excluir a nadie, con la sencillez de un testigo. Que también nosotros, en lo que decimos y en cómo vivimos, dejemos que la cruz hable.