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La predicación desde la comunidad apostólica

La predicación desde la comunidad apostólica

Homilia sobre Santo Domingo de Guzmán. Fuente tomada de: Domingo de Guzmán Evangelio Viviente de Felicisimo Martinez Diez O.P.

Hoy quiero compartirles una idea sencilla, pero muy importante: nuestra misión comienza en lo cotidiano, en aquellos pequeños espacios donde vivimos, compartimos y damos testimonio. Antes de anunciar a los demás la Palabra de Dios, estamos llamados a hacerla vida en nuestras propias acciones, en nuestra manera de relacionarnos y en el servicio que ofrecemos a quienes tenemos cerca.

Lo primero es que la predicación debe estar respaldada por la vida del predicador. Nadie cree en un mensaje que no ve encarnado. La vida es el mejor testimonio del Evangelio, y por eso predicar no es solo hablar de Cristo, es seguirlo. Cuando el predicador vive lo que anuncia, sus palabras pesan; cuando no, suenan vacias, por muy bien dichas que estén.

Y ¿dónde se aprende a vivir así? En la comunidad. La vida comunitaria no es un adorno de la vida apostólica, es un elemento esencial. Por eso podemos decir que la casa es la primera predicación. Antes de cualquier homilía, antes de cualquier misión, lo que el mundo ve es cómo nos tratamos: si vivimos como hermanos, si hay comunión, si hay caridad fraterna. Esa comunión no es solo un buen ambiente: es la presencia misma del Reino de Dios entre nosotros. Cuando una comunidad se ama, ya está anunciando algo.

Ahora bien, esa comunión también nos hace libres para predicar. Una comunidad que vive de verdad como hermandad no depende de una sola voz. Todos los miembros participan en las decisiones importantes, y eso pide organización y estructura. Lejos de apagar el espíritu apostólico, esa organización lo protege: nos da estabilidad, nos ordena y nos libera para salir a predicar con el respaldo de todos.

Y llegamos a un punto que sostiene todo lo demás: la pobreza. La pobreza, vivida personalmente, es un elemento propio de la vida apostólica y condición para que la predicación dé fruto. Es renunciar voluntariamente a los bienes materiales para seguir a un Cristo pobre. Pero no es una pobreza solitaria ni heroica: es posible gracias a la fraternidad. Solo en comunidad podemos soltar lo que tenemos, porque sabemos que no estamos solos. Y esa confianza en los hermanos se convierte en confianza en la Providencia: creemos que Dios provee, y lo experimentamos en el pan compartido de cada día.

Así se conectan las tres cosas: la pobreza nos hace libres, la comunidad nos sostiene y la predicación nace como fruto de ambas. Una vida pobre, fraterna y coherente es ya, en sí misma, un anuncio del Evangelio.

Que esta sea nuestra tarea: no solo predicar bien, sino vivir de tal modo que nuestra vida sea la primera palabra que Dios pronuncie a través de nosotros.