Logo del Prenoviciado Santo Domingo de Guzmán
Escudo de la Provincia de San Luis Bertrán de Colombia
Publicaciones
Columna

La inteligencia artificial: ¿contra o a favor de una sociedad pensante?

La inteligencia artificial: ¿contra o a favor de una sociedad pensante?

Ponencia Argumentación y lógica

Vivimos en un momento que la historia difícilmente olvidará, una especie de punto de quiebre donde lo que antes parecía lejano o imposible empieza a volverse cotidiano. Las máquinas han comenzado a hablar con nosotros, a crear textos e imágenes, a diagnosticar enfermedades y a resolver problemas complejos; incluso parecen razonar, o al menos imitar la razón con un nivel de precisión que a veces resulta tan convincente que llega a desconcertarnos. Lo que durante años perteneció al terreno de la ciencia ficción hoy forma parte de la vida diaria: la inteligencia artificial se ha convertido en un interlocutor con el que conversamos, en un asistente que nos ayuda a trabajar, en un coautor que escribe junto a nosotros y en un apoyo para tareas médicas. Y, sin embargo, a medida que esta tecnología se vuelve más capaz, más presente e integrada en nuestras decisiones, surge con mayor fuerza una inquietud que no puede resolverse solo con avances técnicos ni con mejoras en el código. Es una pregunta profundamente filosófica, casi existencial: ¿qué le ocurre al pensamiento humano cuando empieza a apoyarse, o incluso a delegar parte de sí mismo, en la máquina? Esta pregunta no es nueva en su sentido más profundo; ha acompañado al ser humano desde hace siglos, aunque adopte formas distintas según la época. Platón ya la insinuaba cuando puso en duda el valor de la escritura, temiendo que debilitara la memoria y el pensamiento vivo. Mucho tiempo después, Martin Heidegger la replanteó al reflexionar sobre la técnica moderna y su capacidad para transformar nuestra manera de habitar el mundo. Estanislao Zuleta la experimentó en carne propia al oponerse a una educación que, en lugar de despertar el pensamiento crítico, tiende a aplastarlo y uniformarlo. Y hoy, Slavoj Žižek la lleva aún más lejos, enfrentándonos al espejo incómodo de los algoritmos y la inteligencia artificial. Cada uno de ellos, desde su contexto y su lenguaje, nos ofrece una especie de linterna distinta para iluminar el mismo abismo: el riesgo constante de que el ser humano, poco a poco, deje de pensar por sí mismo. No se trata de condenar la inteligencia artificial ni de celebrarla ingenuamente. Se trata de hacerle a nuestra época la pregunta que merece: ¿estamos usando la IA para potenciar una sociedad más pensante, o estamos construyendo una sociedad más cómoda que ha renunciado al esfuerzo de pensar? Comencemos por el origen. En el Fedro, Platón narra un diálogo imaginario entre el dios Theuth —inventor de la escritura— y el rey Thamus de Egipto. Theuth presenta su invento con orgullo: la escritura será un remedio para la memoria y la sabiduría. Thamus le responde con severidad: "Esto producirá el olvido en las almas de quienes lo aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos." (Fedro, 275a) La advertencia de Platón no era contra la escritura como tal, sino contra la ilusión de conocimiento que ella produce. Quien lee sin comprender cree saber, pero no sabe. Tiene la apariencia de sabiduría sin su sustancia. Y esto, para Platón, es más peligroso que la ignorancia declarada: el ignorante sabe que no sabe; el pseudo-sabio cree que sabe, y por ello no busca. Hoy podemos leer esta advertencia como una profecía. Los sistemas de inteligencia artificial generativa —como los grandes modelos de lenguaje— son, en cierta manera, la escritura elevada a su potencia máxima: no solo guardan el conocimiento ajeno, sino que lo sintetizan, lo reformulan y lo entregan con la apariencia perfecta de la comprensión. El estudiante que le pide a una IA que le explique la fotosíntesis recibe una respuesta articulada, clara y convincente. Pero si no ha hecho el esfuerzo de pensar esa respuesta, si no ha luchado con la confusión previa, si no ha atravesado la ignorancia como proceso, ¿ha aprendido? ¿O solo ha recibido? La mayéutica socrática —el arte del diálogo que ayuda a "dar a luz" ideas propias— supone exactamente lo contrario del consumo pasivo de información. Sócrates no daba respuestas: hacía preguntas. Incordiaba, irritaba, desacomodaba. Porque sabía que el pensamiento verdadero no puede ser recibido, solo puede ser engendrado.

Una inteligencia artificial que responde todo, que no pregunta, que nunca dice "¿y tú qué crees?", puede convertirse en el anti-Sócrates perfecto: útil, amable, y filosóficamente devastador. Estanislao Zuleta, el pensador colombiano que construyó su filosofía desde la pasión y la rebeldía intelectual, elaboró una crítica feroz a los sistemas educativos que infantilizan al estudiante. En su texto "Elogio de la dificultad", afirma algo que resulta hoy profético: "Una vida humana digna solo es posible si se funda en el deseo y no en la necesidad; es decir, solo si queremos lo que hacemos y no si hacemos lo que tenemos que hacer." (Zuleta, 1980) Para Zuleta, la gran perversión pedagógica consiste en ofrecer al estudiante un conocimiento masticado, simplificado, sin asperezas. Una educación que nunca permite al estudiante perderse, equivocarse, sufrir la dificultad, es una educación que le roba la posibilidad de crecer. El estudiante que nunca enfrenta la incomodidad de no saber se convierte en un consumidor de respuestas ajenas, incapaz de formular sus propias preguntas. Zuleta también señaló, con especial agudeza, que la educación tradicional latinoamericana ha funcionado históricamente como un mecanismo de sometimiento: se le dice al estudiante qué pensar, no cómo pensar.

Se le entrena para repetir, no para cuestionar. Y en esa lógica, el estudiante aprende a depender de la autoridad —del maestro, del libro de texto, del experto— para saber qué es verdadero. La inteligencia artificial puede reproducir esta lógica en su versión más sofisticada. Si el estudiante aprende que puede preguntarle a la IA y recibir una respuesta en segundos, sin esfuerzo, sin riesgo, sin la angustia productiva de no saber, entonces la IA se convierte en el maestro autoritario más eficiente que ha existido: uno que nunca se cansa, nunca se equivoca aparentemente, y siempre tiene algo que decir.

La dependencia que Zuleta criticaba en la relación alumno-maestro se reproduce ahora en la relación usuario-algoritmo. Sin embargo, cabe una lectura a contracorriente, igualmente válida, Zuleta también valoraba profundamente el acceso al conocimiento. Para él, la exclusión intelectual era una forma de violencia. En Colombia —y en toda América Latina— millones de estudiantes no tienen acceso a buenos profesores, a bibliotecas actualizadas, a espacios de debate intelectual. Una herramienta que pone al alcance de un joven en un municipio rural la posibilidad de explorar ideas, acceder a textos, recibir retroalimentación, no es necesariamente el enemigo del pensamiento. Puede ser, usada bien, una herramienta de democratización intelectual sin precedentes. El problema no es la IA en sí misma. El problema es el uso pedagógico de la IA. A. Si se usa como oráculo —se le pregunta, se acepta la respuesta, se repite en el examen—, entonces es un instrumento de sometimiento. B. Si se usa como interlocutor —se debate con ella, se cuestionan sus respuestas, se usan sus salidas como punto de partida para la reflexión propia—, entonces puede ser, paradójicamente, una herramienta zuleteana: un espejo para pensar mejor. Martin Heidegger dedicó parte central de su obra tardía a meditar sobre la esencia de la técnica moderna. En su ensayo "La pregunta por la técnica" (Die Frage nach der Technik, 1954), establece una distinción fundamental que nos ilumina hoy con una claridad que asombra. Para Heidegger, la técnica moderna no es simplemente un conjunto de herramientas o procedimientos. Es un modo de revelar el mundo: una manera de ver y relacionarse con todo lo que existe. Este modo de revelación lo llama Gestell, que puede traducirse como "emplazamiento" o "estructura de imposición".

En el Gestell, todo —los ríos, los bosques, los animales, los seres humanos— es reducido a Bestand: reserva disponible, recurso explotable, insumo a disposición. "La esencia de la técnica moderna consiste en el emplazamiento (Gestell), que es un modo del desocultamiento. [...] El peligro no es la técnica. No hay nada demoníaco en la técnica, pero sí hay el misterio de su esencia." (Heidegger, "La pregunta por la técnica") Lo que Heidegger advierte no es que la técnica sea malvada, sino que tiene una tendencia inherente a colonizar nuestra forma de ver el mundo. Cuando todo se convierte en recurso, cuando la naturaleza es "central eléctrica" y el campesino es "empleado de la industria alimentaria", algo esencial se pierde: la capacidad de relacionarnos con las cosas como lo que genuinamente son, en su propia presencia. ¿Qué significa esto para la inteligencia artificial? La IA es, quizás, la expresión más radical del Gestell heideggeriano. No solo convierte la naturaleza en recurso: convierte el pensamiento humano en recurso. Los grandes modelos de lenguaje son entrenados con millones de textos humanos —filosofía, poesía, ciencia, conversaciones cotidianas— reducidos a patrones estadísticos, a matrices de probabilidades.

El pensamiento humano, en su forma más íntima y singular, es "emplazado", convertido en datos, optimizado, devuelto como producto. Hay aquí un riesgo existencial que va más allá de la pérdida de empleos o de la privacidad. Es el riesgo de que los seres humanos aprendamos a pensar "a la manera de la IA": en respuestas eficientes, en síntesis, rápidas, en outputs optimizados. Que perdamos la capacidad de demorarnos en una pregunta, de soportar la ambigüedad, de permanecer en la pregunta sin apresurarnos hacia la respuesta. El pensamiento auténtico, para Heidegger, es esencialmente incómodo: es el Denken que se opone al mero cálculo (Rechnen). Una cultura que delega el pensamiento en máquinas calculadoras podría perder progresivamente la capacidad del pensamiento meditativo (besinnliches Denken). Sin embargo, el propio Heidegger nos invita a no caer en el pesimismo tecnófobo. Él mismo cita al poeta Hölderlin: "Mas donde está el peligro, también crece lo salvador." El reconocimiento del peligro es ya el primer paso hacia su superación. Si somos capaces de ver qué nos hace la IA —si podemos tematizar el Gestell en el que nos instala—, entonces conservamos la posibilidad de resistirlo, de usarla sin ser usados por ella.

Slavoj Zizek, el filósofo esloveno que aplica el psicoanálisis lacaniano (Jacques Lacan) a la cultura contemporánea con una irreverencia provocadora, ofrece una lectura muy distinta de la inteligencia artificial. Para Zizek, el debate sobre la IA revela más sobre nuestras fantasías e ideologías que sobre la tecnología misma. En varios de sus escritos y conferencias recientes, Zizek argumenta que el miedo a la IA que "piensa" o que "se vuelve consciente" es un miedo fundamentalmente ideológico: proyectamos en la máquina los poderes que nos negamos a nosotros mismos. Tememos que la IA nos supere porque en el fondo desconfiamos de nuestra propia singularidad. La IA funciona como un espejo distorsionado en el que vemos reflejada nuestra propia inconsistencia como sujetos. Zizek señala algo perturbador, los sistemas de IA no piensan, pero producen pensamiento. No comprenden, pero generan comprensión. Y lo hacen con tal eficiencia que nos colocan ante una pregunta incómoda: ¿qué es exactamente lo que añadimos nosotros cuando pensamos? Si la máquina puede generar textos que parecen pensados, ¿qué distingue al pensamiento humano del procesamiento estadístico? Esta pregunta no es cómoda, y la respuesta fácil —la máquina no es consciente— aplaza el problema sin resolverlo. Pero Zizek también ofrece una tesis más rebelde, la IA puede ayudarnos a ver la dimensión de vacío e inconsistencia que siempre ha habitado en el sujeto humano. Para el psicoanálisis lacaniano, el sujeto no es un núcleo sólido de racionalidad; es una estructura lineal, atravesada por el deseo, por el inconsciente, por contradicciones irresolubles.

La IA, al imitar la superficie del pensamiento sin acceder a su abismo, nos muestra exactamente dónde somos más que meros procesadores de información: en nuestra neurosis, en nuestra contradicción, en nuestra capacidad de desear lo que nos daña, de creer lo que sabemos falso, de amar lo que no nos conviene. El pensamiento humano no es valioso porque sea eficiente. Es valioso porque es fallido, porque se equivoca creativamente, porque puede negarse a sí mismo, porque puede desear su propia destrucción y también su propia transformación. Una sociedad que delega en la IA el pensamiento no solo pierde eficiencia crítica: pierde contacto con su propia humanidad en toda su complejidad contradictoria. Todos los argumentos anteriores convergen en un punto fundamental, la diferencia entre una sociedad pensante y una sociedad informada no reside en la cantidad de respuestas disponibles, sino en la capacidad de formular buenas preguntas.

  1. Platón lo sabía, el diálogo socrático comienza con la pregunta, no con la respuesta.

  2. Zuleta lo sabía, la educación genuina despierta el deseo de saber, no la conformidad con lo sabido.

  3. Heidegger lo sabía, el pensamiento meditativo es un demorarse en la pregunta, no una carrera hacia la solución.

  4. Zizek lo sabe; el sujeto se constituye en su falta, en lo que no sabe, en lo que desea más allá de lo que tiene.

La inteligencia artificial, en su configuración actual, es una máquina de respuestas. Es extraordinariamente buena en eso. Pero una sociedad pensante no se mide por la velocidad con que obtiene respuestas, sino por la profundidad con que formula preguntas, y la capacidad de formular preguntas genuinas requiere exactamente aquello que la IA no puede ofrecer, la experiencia de no saber, la incomodidad productiva de la ignorancia, el deseo que nace de la ausencia. El peligro más profundo de la IA no es que nos engañe con respuestas falsas —eso puede verificarse, el peligro es que nos acostumbre a no necesitar preguntar, que nos dé respuestas antes de que hayamos sentido la pregunta, que llene el vacío antes de que podamos habitarlo y aprender de él. La pregunta que abre este ensayo —¿la inteligencia artificial va contra o a favor de una sociedad pensante? — La respuesta es: depende de nosotros. Depende de si usamos la IA como oráculo o como espejo. Como oráculo, nos da respuestas que aceptamos sin cuestionar; como espejo, nos devuelve nuestros propios pensamientos para que podamos verlos, cuestionarlos y superarlos. Depende de si la educación que rodea su uso enseña a consumir o a crear, a recibir o a interrogar, a conformarse o a dudar. Lo que los filósofos citados nos dicen, en conjunto, es que el pensamiento no es un producto que se consume; es una práctica que se ejercita.

Platón nos recuerda que el conocimiento genuino es interior, no exterior. Zuleta nos recuerda que la dificultad no es un obstáculo del aprendizaje sino su condición. Heidegger nos recuerda que la técnica que no es interrogada nos interroga a nosotros. Y Zizek nos recuerda que la humanidad no reside en nuestra eficiencia, sino en nuestra contradicción irreductible. Una sociedad pensante no es aquella que tiene acceso a las mejores respuestas. Es aquella que tiene el valor y la capacidad de formular las preguntas más incómodas, y de sostenerlas sin apresurarlas. La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria para potenciar ese proyecto —o puede ser su sustituto más eficaz y su verdugo más discreto. La decisión no la toma la máquina, la tomamos nosotros; y que seamos capaces de tomarla conscientemente, con reflexión filosófica y responsabilidad pedagógica, es ya, en sí mismo, un acto de resistencia pensante.