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Santo Domingo, un Evangelio viviente

Santo Domingo, un Evangelio viviente

Homilia sobre Santo Domingo de Guzmán. Fuente tomada de: Domingo de Guzmán Evangelio Viviente de Felicisimo Martinez Diez O.P.

Santo Domingo, un Evangelio viviente

Cuando hablamos de Santo Domingo de Guzmán, no estamos hablando simplemente de un hombre que conoció el Evangelio, que estudió la Sagrada Escritura, que dedicó su vida a predicar o que fundó la Orden de Predicadores. Estamos hablando de alguien que hizo del Evangelio una forma concreta de vivir. Por eso podemos llamarlo, como lo presenta Felicísimo Martínez en su libro, un “Evangelio viviente”: porque en su manera de orar, de relacionarse con los demás, de vivir la pobreza, de acercarse al que sufría y de anunciar a Cristo, el Evangelio se hacía visible. De ahí nacen también algunos de los pilares que caracterizan nuestra vida como Orden de Predicadores.

Domingo comprendió algo fundamental: no se puede buscar a Dios de espaldas al ser humano. Su experiencia de Dios estuvo profundamente unida al contacto con la humanidad doliente. Los pobres, los pecadores, quienes sufrían y quienes necesitaban una palabra de esperanza no eran para él una realidad ajena. En ellos encontraba un lugar concreto para encontrarse con Dios. Por eso, su espiritualidad no fue una espiritualidad encerrada en sí misma, sino una espiritualidad que tenía los ojos abiertos ante el sufrimiento del mundo.

Y aquí aparece un rasgo profundamente humano de Domingo: su sensibilidad, su ternura y su compasión. No era indiferente ante el dolor del otro. Su corazón podía conmoverse porque sabía reconocer en el rostro del que sufría el rostro de un hermano. Un claro ejemplo lo encontramos cuando vendió sus libros para ayudar a los necesitados. Para aquella época, los libros tenían un valor enorme, especialmente para un hombre dedicado al estudio. Sin embargo, Domingo fue capaz de desprenderse incluso de aquello que consideraba necesario, porque entendió que el ser humano estaba por encima de cualquier medio material.

A partir de lo anterior surge una gran cuestión: ¿de dónde nacía esa sensibilidad? Nacía de la oración y de la contemplación. Domingo contemplaba a Cristo y, precisamente por contemplarlo, regresaba al encuentro con las personas. Su oración no lo alejaba de la realidad; al contrario, lo hacía más sensible a ella. En Domingo encontramos esa hermosa unidad: contemplar a Dios para salir al encuentro del hermano, y encontrarse con el hermano para volver nuevamente a Dios.

Por eso, en Domingo encontramos también una voluntad férrea, una voluntad capaz de mantenerse firme ante las dificultades y de comprometerse con aquello que consideraba justo y necesario para la Iglesia y para la predicación. Pero lo hermoso es que su firmeza no significaba dureza de corazón. Era firme en sus convicciones, pero tierno con las personas; era exigente consigo mismo, pero cercano con los demás. Su fortaleza estaba al servicio de una causa mayor: Cristo y el anuncio del Evangelio.

Un ejemplo hermoso de esta unidad entre contemplación y acción es la fundación de las monjas, para que ellas fueran un pilar de oración y apoyo en la vocación y en la labor de los frailes que saldrían a predicar y a fundar conventos por el mundo. Domingo comprendía que la predicación no podía sostenerse solamente con la actividad exterior. Detrás de la acción apostólica debía existir una profunda vida interior.

Por eso también entendió la pobreza no simplemente como una privación, sino como una libertad. Ser pobre significaba estar disponible para Cristo, no tener el corazón atado a las seguridades que impiden anunciar el Evangelio. Y junto a la pobreza aparece la humildad, una humildad que no consiste solamente en mostrarse pequeño ante los demás, sino en reconocer delante de Dios quiénes somos y cuánto necesitamos de Él.

Aquí podemos descubrir también en Domingo la escuela de la disciplina personal. Su vida no estuvo sostenida únicamente por buenos deseos. La entrega a Cristo exige constancia, esfuerzo, sacrificio y dominio de sí mismo. Sin embargo, Domingo sabía distinguir entre el fin y los medios. La disciplina, la pobreza, el estudio, la oración y las renuncias no eran el fin último; eran medios para alcanzar algo mucho más grande: seguir a Cristo, vivir la caridad y anunciar el Evangelio. Porque cuando confundimos los medios con el fin, podemos terminar cuidando las formas y olvidando aquello que verdaderamente importa.

Y aquí aparece algo fundamental: el don de la gracia. La vida de Domingo no puede entenderse únicamente desde su fuerza de voluntad. Sí, tuvo una voluntad firme; sí, fue disciplinado; sí, asumió grandes compromisos. Pero reconocía que todo don procede de Dios. La gracia no anulaba su voluntad, sino que la fortalecía y la orientaba. Domingo colaboraba con la gracia recibida, poniendo sus capacidades al servicio de Dios y de los demás.

Incluso su manera de vivir la virginidad manifiesta una profunda madurez humana. Domingo no fue un hombre incapaz de relacionarse; fue un hombre capaz de la amistad, de la cercanía, de la alegría y de una entrega generosa. Su vida muestra que la entrega a Dios no destruye nuestra humanidad, sino que puede integrarla y orientarla hacia el amor. Por eso podemos hablar de una amistad libre: una amistad que no posee al otro, que no busca utilizarlo, sino que reconoce en él a una persona digna de ser amada y acompañada.

Y llegamos al centro de todo: la caridad. Si queremos comprender a Domingo, tenemos que comprender que todo converge en el amor. La oración, la pobreza, la humildad, la disciplina, el estudio, la predicación y su cercanía con quienes sufrían solamente tienen sentido cuando nacen de un corazón que ama.

Y junto a la caridad aparece otro elemento fundamental en nuestra identidad: la verdad,  (Veritas). Domingo entendió que amar también significa buscar la verdad, estudiarla, profundizarla y anunciarla. Por eso el estudio no era para él una simple acumulación de conocimientos, sino un medio para servir mejor a la verdad y, a través de ella, servir al ser humano. La verdad sin caridad puede convertirse en frialdad; pero la caridad que no busca la verdad corre el riesgo de perder el camino. En Domingo, ambas encuentran una profunda unidad.

Por eso, preguntémonos hoy: ¿qué significa para nosotros ser un Evangelio viviente? No basta con conocer a Cristo; estamos llamados a dejar que Cristo se haga visible en nuestra vida. Que nuestra oración nos haga más cercanos, que nuestra formación nos haga más humildes, que nuestra disciplina nos haga más libres, que nuestra voluntad sea firme para buscar el bien, que nuestra sensibilidad nos haga capaces de reconocer el sufrimiento del otro y que nuestra predicación nazca de la caridad.

Ese es quizá uno de los grandes desafíos que nos deja Santo Domingo: que quienes nos encuentren puedan descubrir algo de Cristo en nuestra manera de vivir. Que nuestra vida no contradiga aquello que anunciamos. Que podamos tener una voluntad firme sin perder la ternura, disciplina sin perder la humanidad, estudio sin perder la humildad, y predicación sin perder la compasión.

Y como futuros frailes predicadores, esto adquiere un significado especial. No estamos llamados solamente a aprender a predicar, sino a convertir nuestra propia vida en una predicación. Antes de anunciar a Cristo con nuestros labios, estamos llamados a anunciarlo con nuestras decisiones, con nuestras relaciones, con nuestra manera de tratar al que sufre, con nuestra vida comunitaria y con nuestra entrega.

Porque al final, ser discípulo no consiste solamente en hablar de Cristo, sino en vivir de tal manera que nuestra vida pueda hablar de Él. Y quizá ese sea el verdadero desafío que Santo Domingo nos deja: que nuestra vida, como la suya, pueda convertirse en un Evangelio viviente; una vida fundada en la fe, la verdad, la misericordia, la caridad y ese amor común que no solamente transforma al individuo, sino que también puede contribuir a construir una sociedad más humana.