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Una personalidad como la de Domingo: Raíz y sentido de nuestra vocación

Una personalidad como la de Domingo: Raíz y sentido de nuestra vocación

Homilia sobre Santo Domingo de Guzmán. Fuente tomada de: Domingo de Guzmán Evangelio Viviente de Felicisimo Martinez Diez O.P.

Quisiera empezar esta reflexión planteando tres ideas clave que considero fundamentales antes de adentrarnos en el carisma de la orden de predicadores. Para comprender la magnitud de esta familia religiosa, es necesario mirar primero la historia de su fundador, sus intuiciones primigenias y el camino peculiar que lo condujo a la santidad. 

El primer punto de partida es el valor fecundo del silencio. Santo Domingo nunca buscó el aplauso ni el reconocimiento público; su deseo profundo era pasar desapercibido. Llama poderosamente la atención que, tras su fallecimiento, sus primeros frailes no buscaron una canonización rápida ni un espectáculo de masas. Incluso ante los múltiples prodigios y milagros atribuidos a su intercesión, los hermanos optaron por guardar una prudente reserva, temerosos de que la codicia, la jactancia o el afán de protagonismo empañaran la pureza del evangelio. Este pasaje histórico nos interpela directamente a quienes comenzamos este camino en la vida religiosa: si no contamos con un horizonte claro o un ancla sólida que oriente nuestra misión de predicadores, corremos el riesgo de buscar nuestra propia gloria en lugar de la de Dios. El silencio, por tanto, no debe vivirse como un vacío que asfixia o un elemento al que debamos temer, sino como un espacio de acogida para fraguar un testimonio auténtico y veraz.  

El segundo elemento esencial es la santidad como una integración armónica entre lo humano y lo evangélico. Este punto nos invita a detenernos y preguntarnos con sinceridad a qué hemos venido al prenoviciado. A menudo, la dimensión intelectual -tan propia de la orden- nos absorbe hasta el punto de olvidar que la vocación dominicana abarca toda la persona. Domingo trascendió las fronteras de su tiempo porque supo fundir su profunda humanidad con la gracia divina: fue un hombre afable, alegre, un amigo genuino y un líder dotado de una gran finura espiritual. Sin embargo, estas virtudes humanas no se sostienen por sí solas; él las nutrió constantemente con la oración incansable, la penitencia y una caridad desbordante. Lograr esa plenitud de vida significa comprender que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona y la eleva. 

Finalmente, quiero resaltar la riqueza de su fisonomía espiritual. Como bien nos transmite el maestro Jordán de Sajonia, cuando la vida espiritual se vive desde el afecto, la sencillez y la alegría, se deja una huella imborrable en el corazón de las personas. No estamos exentos de librar nuestras propias batallas interiores o de sentir el cansancio del camino; sin embargo, llevamos a Dios de nuestro lado, y la mejor forma de manifestarlo es a través de un rostro compasivo que refleje la cercanía de Jesús. Con frecuencia, el activismo o la dureza del mundo nos tientan a dejar de lado la compasión, un tesoro que jamás debemos perder. Saber de dónde venimos, abrazar la sencillez y hacernos amigos verdaderos de la pobreza son las claves que mantienen vivo el fuego de nuestro carisma.  

En conclusión, un llamado al presente con proyección de eternidad mirar la figura de Santo Domingo no es un ejercicio de pura nostalgia histórica, sino una provocación urgente para nuestro presente. En un mundo desgarrado por las polarizaciones, el afán de inmediatez y el ruido ensordecedor, la Iglesia y la sociedad de hoy no necesitan predicadores rimbombantes, sino testigos de la verdad que sepan alternar la entrega generosa al prójimo durante el día con el dialogo íntimo y silencioso con Dios durante la noche.   Asumir este legado significa estar dispuestos a "esparcir el trigo" en lugar de amontonarlo por miedo a perder el control, arriesgándonos a salir a las periferias del pensamiento y de la existencia humana. Que el ejemplo de nuestro Padre Santo Domingo encienda en nosotros el fuego de una fe audaz y una caridad sin medida, para que nuestra vida sea, verdaderamente, un eco luminoso del resucitado en medio de nuestro tiempo, nos acompañe en el resto de nuestra formación.